Quizás una palabra es suficiente muchas veces para decirlo todo, otras veces, esa mirada quedará en el aire esperando que alguien sepa verla…
Compañeros de trabajo. Ellos dos se encuentran cada día en la cafetería, en los pasillos de la empresa, en las escaleras, en el ascensor… Ella, siguiéndole muy bien los pasos, días tras día, le mira sin recibir nada a cambio… ¿Qué espera recibir por una mirada?
La mirada de esa chica no era como cualquier mirada. Esos dos ojos, de un marrón tan intenso que llega a desaparecer a medida que avanza mezclándose con las pupilas, quedándose de un negro tan intenso, que son capaces de aterrar, enternecer o cualquier cosa que se propongan. Esos dos ojos que podrían hablar si se lo propusieran. Esos dos ojos que regalan miradas de las que habría que pagar por obtenerlas…
Él, demasiado pendiente de sí mismo como para fijarse en una simple compañera de trabajo no presta atención a lo que se le está regalando sin ningún motivo. Ella siente la necesidad, cada día, de fijar su mirada sobre él, quedando a la espera de que algún día, le responda con un simple golpe de vista.
El tiempo pasa y ella permanece a la espera de ello. Como todo, llegó el día en el que ella, finalmente, desistió. En aquel momento, llegó el momento en el que él, sin la menor intención, se dio cuenta de la mirada de aquella chica, la chica a la que veía día tras día y al mismo tiempo, nunca había mirado. Un simple encuentro en el ascensor, como de costumbre. El chico miró hacia el espejo y no pudo contenerse en mirar los ojos de ella. Extrañamente le atraían de una forma sobrenatural. Por fin, llegó el día que tanto esperaba y sin saber por qué, no sabía que hacer. Ella sólo podía mirarle temerosa, esperando que él dijera algo. Él, tan impactado por la intensidad de esos ojos, no era capaz de articular ni una sóla palabra. Dudoso de los que sus ojos están viendo, no puedo impedir mirarla directamente. Ella, nerviosa, mira al suelo, pero ese chico no puede consentir perderse esa mirada un segundo más. La agarra del brazo y de un brusco movimiento la gira hacia él. La chica se asusta, al mismo tiempo no puede evitar volver a regalarle una de esas intensas miradas que tantas veces le había despreciado. Él la mira. Ella también le mira a él. Se miran, se miran sin poder apartar la vista uno del otro. Él necesita expresar todo lo que en ese momento siente con un beso, pero sus ojos no le dejan moverse, temen perder esa mirada. Ella, tras unos segundos, vuelve a bajar la cabeza. Es el momento perfecto, la coge en sus brazos y la besa como jamás había besado a nadie. En un abrazo le hizo saber, que desde ese momento sabría contestarle a las miradas y no dejar que se desperdiciaran ni una y que no la dejaría nunca sola. Ella asintió con una mirada. Esa mirada empezaba una historia…
Una mirada, una caricia, un beso… Pueden decir más que mil palabras.
Para todas esas miradas que hablan sin hablar.
La llama eterna.