Miedo a crecer

martes, 6 de mayo de 2008

Dos corazones ardientes en un frío anochecer, en lo más alto que pudieron alcanzar de la montaña más cercana. Dos cuerpos que se aclaman en silencio, tapados por una amistad de hace tiempo. En las mentes de los dos chicos de trece años, que quieren aprender a ser mayores, sólo un pensamiento: Miedo. Miedo a hacer algo que al otro no le guste, miedo de hacerse daño mutuamente, miedo del qué dirán, miedo de aprender demasiado pronto lo que es amar, miedo de no poder recuperar nunca la inocencia que desde ese momento perderían, miedo a perderse…

Los dos chicos, aunque temerosos, estaban decididos a dar el primer paso. No exigían demasiado, sólo querían un beso. La niña, nerviosa por el momento, sólo era capaz de mirar al suelo. Las largas conversaciones que los dos chicos siempre tenían, en este momento sólo parecían un vago recuerdo de una vida anterior. El silencio se hacía notar cada vez más. El chico, al observar que la mirada de la niña no se apartaba del suelo, preguntó con una voz muy dulce:

- ¿Qué piensas?

En ese momento, la chica levantó la mirada y la clavó en los ojos del chico.

-Pienso que a partir de este momento nada va a volver a ser igual.

Esas palabras les hicieron ver a ambos que estaban incómodos con la situación. El chico, en ese mismo instante se levantó, cogió dos margaritas, una se la puso en el pelo a la chica y la otra se la dio.

-¿Recuerdas la primera vez que te regalé una flor como esta? Sólo teníamos 8 años y a ti te daba miedo cogerla porque había una avispa cerca- dijo el chico con voz tranquilizadora.

-Sí, es cierto, ¿pero qué esperabas? ¡Sólo éramos unos críos!- Contestó la chica.

-¿En algún momento hemos dejado de serlo?

Ambos bajaron la cabeza y empezaron a pensar en la situación. Por la cabeza de la chica aparecían cada vez más y más dudas. Ya no sabía ni siquiera qué era lo que quería. No sabía si quería seguir jugando como una inocente niña o empezar a crecer, quizás con demasiada prisa. Sólo sabía que ese amigo de toda la vida era especial, que ya no era la amistad de unos niños lo que ambos sentían al mirarse a los ojos. En ese mismo instante, ella, muy decidida, se acercó a él y le agarró la mano. Seguidamente, el chico la miró sorprendido y le sonrió. La chica, le devolvió la sonrisa y acercándose rápidamente, en un solo golpe, cambió la vida de ambos. Le había besado.

Los dos chicos se levantaron, se miraron fijamente y cogidos de la mano, bajaron colina abajo. Mientras bajaban, la chica dijo:

-Tenías razón. Sólo éramos unos críos y creo que ya es hora de que dejemos de serlo. Soy consciente de que me puedo arrepentir, pero, por ahora, me siento feliz.

El chico no le contestó, sólo le apretó muy fuerte la mano y la acompañó hasta la puerta de su casa. La chica se prometía a sí misma que guardaría esa flor como un tesoro.

-¿Y ahora qué?- Preguntó la chica, esperando las palabras tranquilizadoras que día tras día, él le había regalado.

-¿Mañana? Mañana pasaré a buscarte para pasear, como hago cada día. No tiene por qué cambiar nada…

Mentira, los dos chicos se engañaban, sabían perfectamente que algo había cambiado, ya sólo tenían que aprender qué era el amor.


La llama eterna.