“Es sólo una noche”, decían… A partir de ese día dejaron de opinar igual.
Era la tarde del 31 de octubre de un año que aún no recuerdo muy bien. El día pintaba gris, como era costumbre en esta zona y en esta época del año. Mis amigos hablaban de hacer fiestas y gamberradas. Yo, por mi parte, prefería pasear, vestida como, en cualquier otro día del año, me mirarían como un bicho raro. Quizá con motivos.
Cuando la noche avanzaba con sus horas, yo me dispuse a salir.
-Hoy no es día para andar sola, niña- dijo una voz detrás mía.
-Tranquila, abuela, no ocurrirá nada.
En ese momento, mi abuela, sólo supo mirarme a los ojos, con una mirada que no le había visto nunca y que me costaba descifrar: algo entre miedo y alegría u orgullo… No estoy segura. Aún mirándome con esos ojos que tanto me llamaban la atención, se acercó hasta mí, y cogió mi mano para besarla, cuando la soltó, yo sostenía en ella una pequeña bolsita de tela morada con un extraño símbolo bordado en él con hilo dorado. No sabía para qué quería aquello, pero algo me decía que no debía preguntar.
Cogí mi bolso, depositando en él la bolsita morada, y salí de casa, con mi falda larga negra, mi camiseta negra y mis uñas y mis labios pintados de negro. Hoy me sentía yo. Empecé a caminar pensando en qué contendría esa bolsita, pero no me sentía con ganas, ni con la curiosidad necesaria para mirar dentro de él. De todas formas, no me lo podía quitar de la cabeza.
Cuando quise darme cuenta, iba caminando por una calle oscura y vacía, que, aunque no fuera muy sensato, conducía hasta el cementerio. Yo no quería ir hasta allí, era un día demasiado delicado para ir allí. Así que, sin pensar dónde me dirigiría, desvíe mi trayectoria.
Cuando llevaba 15 minutos andando, me di cuenta de que iba caminando por el medio del bosque. No estaba segura de cómo había llegado hasta allí, y lo que aún era peor: cómo iba a salir de allí. Estaba demasiado oscuro para intentar guiarme, el día estaba nublado y no me acompañaba ni la luz de la luna… O eso creía yo. Al mirar hacia arriba, vi una enorme luna llena que parecía mirarme. No pude evitar la curiosidad, y sin apartar la mirada ni un segundo, empecé a caminar hacia ella, como si pudiera alcanzarla. Aún así, no podía dejar de caminar. Me encontraba como si estuviera hipnotizada o en algún tipo de estado de shock, pero tampoco quería dejar de hacerlo.
Después de un gran rato caminando, no sé exactamente cuanto. Pude despegar la vista de la luna, porque había una luz que resplandecía aún más fuerte. Yendo hacia ella, mi mente no dejaba de pensar cómo podía verse la luna, con una luz tan fuerte si ni siquiera se veía una estrella… Estaba el cielo tan nublado que parecía incluso, que en cualquier instante iba a comenzar a llover. Aún así, la luna seguía ahí, aunque ahora, en vez de llamarme, me acobardaba del recuerdo.
Sin darme cuenta, llegué hasta la luz que brillaba, no quería acercarme. Por algún extraño motivo, en un pueblecito en el que todo el mundo se conoce, había un lugar que parecía inexplorado… Me asomé un poco, desde detrás de un arbusto o un árbol… No pude pararme a pensarlo. Había una especie de caldero en medio de un montón de piedras colocadas en forma de círculo. Parecía estar metida en una de esas películas de Halloween que dan por la tele para los niños. Pero, aun siendo real, no era eso lo que más me sorprendía… El caldero tenía el mismo símbolo dibujado que la bolsita morada que mi abuela me había entregado antes de salir. Justo en ese momento, me picó la curiosidad, y cuando estaba a punto de mirar dentro de la bolsita, una mano tocó mi hombro diciendo: “Ya pensábamos que no vendrías”. Era la primera vez que escuchaba esa voz, pero al mismo tiempo me sonaba tan familiar… No me di la vuelta para ver quien era, sólo apreté la bolsita dentro de mi mano tan fuerte como puede.
Una mujer, muy hermosa, por cierto, apareció frente a mí. Tenía unos ojos verdes intensos, y parecían brillar aún más cuando alzaba la mirada, frente a la luz de la luna llena. Ella, sin dejar de mirarme directamente a los ojos, me dijo:
-Creo que tienes algo para mí, ¿es cierto?
No sabía por qué, pero sentí la necesidad de darle la bolsita que aún sostenía fuertemente en mi mano. Así que, alcé muy despacio mi brazo, y cuando estaba a la altura del hombro, abrí la mano, pero esa mujer ya tenía su mano debajo para cogerlo.
-Muchas gracias, pensábamos que no ibas a llegar a tiempo. Mi nombre es Selene, y aunque tú no me puedas ver, te cuido todas las noches.
-Tus ojos… -Con la voz totalmente quebrada, no fui capaz de decir otra cosa, pero parecían ser las palabras exactas.
-Si lo deseas son tuyos, sirven para ver más allá de lo que hasta ahora has visto, puedes hacer muchas cosas con él. Ahora, sólo las personas que puedan ver tu corazón, verán ese brillo frente a la luna llena. Cuídalos, son tu tesoro.
No sé que pasó después, sólo sé que cuando me di cuenta, estaba en mi cama y tenía la sensación de que todo era un sueño. Al día siguiente, me inventé una excursión para volver a ese sitio, no lo encontré, parecía sacado de mi imaginación. Pero una persona me hizo saber que no era inventado con una frase tan simple como: “¿Te has puesto lentillas?
FIN… ¿o no?
La llama eterna.