Tres meses sin ti, tres meses completos. La mayor prueba de amor vivida, la peor pesadilla vivida y, me atrevería a decir, por vivir. Hoy sé cómo se siente un preso que está apunto de cumplir su condena, quizás no sea el mismo motivo, pero sí el mismo sentimiento: la imaginación se dispara imaginando las miles de cosas que te gustaría hacer cuando vuelvas a ser “libre”, vuelves a imaginar la belleza de las cosas, vuelves a sentir el brillo en la mirada y ganas de sonreír, sinceras, por cualquier motivo, no hace falta excusa… Pero todo se desvanece como si no fuese nada, como si quedara en un rincón de la imaginación o simplemente, fuera una simple suposición. La tortura no ha acabado. Aún quedan los últimos giros de esas ruedas que te rodean en tu propio potro de tortura, aún siguen ahí y, esos son los que más duelen. A pesar de ello, cuando creas que todo acaba, no debes olvidar las heridas y conmociones del potro…
Después de eso, sólo puedes pensar en ello y reírte, reírte como nunca antes lo habías hecho… Ahora parece estúpido ese momento. ¿Cómo reírte de algo por lo que ahora sueltas tantas lágrimas? No importa, no es estúpido, es la solución. Además, algunas personas somos expertas en eliminar de la mente y del recuerdo todo aquello que nos hace daño. Yo soy buena para eso, siempre lo he sido, ¿por qué debe cambiar?
Es muy difícil describir un sentimiento, y más cuando es amargo. Nunca hay palabras. La mejor forma de explicarlo es con un triste y sordo sollozo que nadie oirá y al mismo tiempo, retumbará en tu cabeza durante un poco de tiempo.
Acostúmbrate a tu vida, tú eres el dueño de ella.
La llama eterna.
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