Su lengua, ligeramente humedecida, iba acariciando su pecho. Lentamente. Cada centímetro de su piel, como si fuera un metro. Disfrutando milímetro a milímetro, bajando suavemente por su vientre hasta llegar a la altura del ombligo. Él quería gritar, gemir, retorcerse de placer… Y ella lo sabía. No querían que ese momento acabara. Solos ellos dos, nadie más. Todo lo malo que pudiera pasar, pasaría antes o después, pero no en ese momento. Ese momento era solo suyo. Nadie podía interferir, ni molestar. Solos los dos, cuerpo contra cuerpo. Jugando a hacerse disfrutar mutuamente. Nada podía mejorar ese momento. Mordiscos, besos, caricias… Todo era poco para ellos. Porque se amaban. Porque nada podía hacerlos más felices. Con las miradas podían derretir un iceberg. La cama se les quedaba pequeña. ¡No podían parar! Todo les parecía maravilloso. Aún no había terminado y ya estaban esperando que empezara otra vez. Gemidos, arrullos, suspiros descontrolados… Esos dos cuerpos rozándose, tan apretados y juntos, que parecía que iba a llegar a ser uno solo. Ellos lo sentían así. En ese momento eran uno. Los gemidos y gritos se intensificaban cada vez más. Todo era increíble. Sus corazones latían completamente descontrolados. Solo querían más, un poco más… Finalmente, empezaron a relajarse y solo se oyó un profundo Te quiero.
La llama eterna.